Dharana

1. Dharana: concentración del yogui.  La capacidad de fijar tu atención en un objeto por un largo período de tiempo y así conseguir un cambio de consciencia.

2. Stefan Zweig, escritor austriaco de la primera mitad del siglo XX, descrive en sus memorias “El mundo de ayer”, un encuentro con el famoso escultor Rodin en la Paris del inicio del siglo XX.

“Se quitó el batín, lo echó al suelo, se puso la bata blanca, cogió una espátula y con un trazo magistral alisó la blanda piel femenina del hombro, que respiraba como se estuviera viva. Luego retrocedió de nuevo unos pasos.

  • Y aqui también – murmuró.

Y de nuevo realzó el efecto de un detalle minúsculo. Ya no dijo nada más. Avanzaba y retrocedía, contemplaba la figura en un espejo, murmuraba emitiendo ruidos incomprensibles, cambiaba y corregía. Sus ojos, divertidos y amables durante el almuerzo, ahora se contraían convulsivamente y despedían destellos extraños; parecía más alto y más joven. Trabajaba y trabajaba, trabajaba con toda la fuerza y la pasión de su enorme y robusto cuerpo; cada vez que avanzaba y retrocedía,  crujian los maderos del piso. Pero él no los oía. No se daba cuenta de que detrás de él estaba un joven slencioso, con el corazón encogido y un nudo en la garganta, feliz de poder observar en pleno trabajo a un maestro único como él. Se había olvidado completamente de mí. Para él yo no existía. Sólo existia la escultura, la obra y, más allá de ella, la visión de la perfección absoluta.

Transcurrió un cuarto de hora, media hora, no sé cuánto rato. Los grandes momentos se hallan siempre más allá del tiempo. Rodin estaba tam absorto, tan sumido en el trabajo, que ni siquiera un trueno lo habría despertado. Sus movimientos eran cada vez más vehementes, casi furiosos; una especie de ferocidad o embriaguez se había apoderado de él, trabajaba cada vez más y más deprisa. Luego sus manos se volvieron más vacilantes. Parecía como si se hubieran dado cuenta de que ya no tenían nada más que hacer. Una, dos, tres veces retrocedió sin haber cambiado nada. Después masculló algo entre loa dientes y colocó de nuevo los trapos alrededor de la figura con la misma ternura con que un hombre cubre con un chal los hombros de su amada. Suspiró profunda y relajadamente. Su cuerpo parecía de nuevo más pesado. El fuego se había consumido. Y a continuación sucedió algo para mí incomprensible, la lección magistral: se quitó la bata, se puso el batín y se dio media vuelta para salir. Se había olvidado de mí por completo en aquellos momentos de máxima concentración. No se acordaba de que un joven al que él mismo había invitado al estudio para mostrarle sus obras había permanecido todo el tiempo detrás de él, desconcertado, sin aliento e inmóvil como una de sus estatuas.

Se dirigió hacia la puerta. Cuando iba a cerrarla, me descubrió y, casí enojado, fijó en mí sus ojos: ¿quién era aquel joven desconocido que se había entrometido en su estudio? Pero se acordó en seguida y se me acercó casi avergonzado.

  • Pardon, monsieur – empezó a decir.

Pero no lo dejé continuar. Me limité a estrecharle la mano como muestra de agradecimiento; hubiera preferido besársela. En aquella hora había visto revelarse el eterno secreto de todo arte grandioso y, en fondo, de toda obra humana: la concentración, el acopio de todas las fuerzas, de todos los sentidos, el éxtasis, el transporte fuera del mundo de todo artista. Había aprendido algo para toda la vida.

el mundo de ayer

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